PROMOCION DICIEMBRE 1978, ASPIRANTES A OFICIALES DE LOS SERVICIOS
Curso regular de aspirante a oficiales de
los servicios año 1978.
Instructora subteniente Ana María Pineda Córdova.
De izquierda a derecha:
Primera fila:
Yolanda Marina Newman Lahsen, Fedora Katia
Aguilera Gutiérrez, Elizabeth Eugenia Maritza Ruiz Sáez y Marta Ercilia
Santibáñez Moreno.
Segunda fila:
Rosita Vergara Rodríguez, Paula María
Orellana Hudson, María Jeannette Vera Berrouet. y Perla Elizabeth Arangua Leible.
Tercera fila:
Mónica Adriana Mansilla Saldivia, Susana Irene Carrera Alvarado y Teresa Carmen Reyes Urrutia.
RECUERDOS DEL CURSO REGULAR DE OFICIALES DEL SERVICIO AUXILIAR FEMENINO DEL EJÉRCITO AÑO 1978
Nuestro paso por la Escuela en Guayacán fue realmente una
experiencia única, y de tantos hermosos recuerdos que vienen a la mente.
Enclavada en los cerros del Cajón del Maipo, con el hermoso espectáculo
nocturno de observar tantas estrellas en el cielo y escuchar el sonido del río.
¡qué maravilla!
Nuestra historia comenzó con los exámenes de admisión,
viajando en micro desde Santiago a San José de Maipo o en el antiguo tren
militar desde el regimiento de ingenieros ferrocarrileros de montaña N°2 Puente
Alto, disfrutando del sobrecogedor paisaje precordillerano. Fueron 3 días
intensos de selección, en los que realizamos diferentes pruebas de suficiencia
física, examen psicológico, de conocimiento general y entrevista personal. Esperando
nuestro turno, sin saber que nos preguntarían.
Así once Educadoras de Párvulos, de diferentes ciudades del
país, iniciamos este nuevo desafío, comenzamos nuestro curso regular de oficiales
de los servicios el año 1978, en paralelo al curso regular de oficiales de línea.
Nuestro viaje empezó en la antigua Escuela de Telecomunicaciones, que en esa
época estaba ubicada en la comuna de Providencia en calle Antonio Varas, ahí
nuestras familias nos dejaron en el bus que nos llevaría a la escuela. Al
llegar, nos mostraron nuestro dormitorio, elegimos el camarote y nos entregaron
nuestros uniformes “a medida”, no precisamente de nuestra talla, sino “a
medida” que nos los iban entregando.
Esa primera noche ya acomodadas en nuestro dormitorio,
repentinamente se corta la luz, comienza a sonar una sirena de alarma, disparos
y voces de mando que ordenaban tirarse al suelo porque estaban asaltando el
cuartel. Alrededor estaba todo oscuro, el corazón se nos salía del pecho y no
sabíamos qué estaba pasando. Al rato, encendieron las luces y entre nuestro
susto y las risas de las oficiales, nos explicaron que este era nuestro
recibimiento.
Qué lindo es recordar nuestra instrucción militar
tirándonos cerro abajo, pasando por entre medio de las zarzamoras con nuestro
inolvidable teniente Fernando Rodríguez Guzmán de la promoción 1974, las
lecciones de tiro bajando al rio Maipo, los ejercicios escuela en la cancha,
las competencias de patrulla, nuestra campaña en el sector de El Canelo, los
castigos, las levantadas en la noche, el frío y la nieve en invierno.
También, otro detalle memorable de la escuela fue el
quiosco el “Esafito”, donde íbamos a comprar dulces, chocolates, chicles,
cigarros, galletas, pues siempre teníamos hambre y era el lugar en que
clandestinamente celebrábamos los cumpleaños, poniendo en práctica nuestro
aprendido “Manual del cateo de la laucha”.
Una odisea al margen en este relato fue que, en una
oportunidad se cortó el agua de la escuela, y para que nos pudiéramos duchar,
nos llevaron al hospital de tuberculosos de San José de Maipo a hacerlo. Siendo
muy curioso tener que pasar entre algunos enfermos para llegar a los baños.
Como olvidar nuestras levantadas a las 4 de la mañana para
ir a las preparaciones de la parada militar, arreglándonos en el bus que nos
llevaba a Santiago, el que además no tenía baño. Uno de esos días de
preparaciones nos tocó marchar bajo la lluvia, y como no teníamos ropa de
recambio regresamos con la ropa mojada a Guayacán, donde nos esperaba una rica
ducha caliente, para después ir a la cama con una aspirina y no recordarnos
bien si fue con un chocolate o café con leche caliente. Ninguna de nosotras se
resfrió ese día.
Nuestra primera parada militar otro hito a recordar; el día
anterior nos entregaron zapatos nuevos, nos llevaron hasta la antigua Escuela
de Suboficiales, hoy actual Museo Militar, y desde ahí salimos marchando hasta
la elipse del parque O’Higgins. Una vez que desfilamos frente a las
autoridades, nuestro recorrido siguió por el interior del parque pasando por
las fondas, continuando por la calle Ejército hasta la alameda, después pasamos
a rendir honores en el Club Militar, terminando nuestro recorrido en la plaza
Bulnes, donde nos esperaban los buses para trasladarnos a la Escuela de
Telecomunicaciones. Todo nuestro espíritu militar nos permitió llegar con prestancia
hasta el final, ya que a muchas se le rompieron y sangraban los pies,
especialmente por los zapatos nuevos.
Otro recuerdo importante fueron las visitas profesionales
que realizamos a las diferentes escuelas de armas y especialidades, como la visita
a la Escuela de Paracaidistas, en donde nos lanzamos desde la torre de salto.
Íbamos muy contentas a vivir esta nueva experiencia, así es que por grupos
subimos todas felices a la torre, pero al momento de llegar arriba, ponerse en
posición de salto, ver la altura y que teníamos que dar un paso al vacío, ahí
cambió la cosa y algunas se arrepentían. Los instructores nos decían que como
éramos militares había que hacerlo si o si, “se tira o la tiro”, así que al
final todas saltamos, sintiendo esa sensación de vacío y el tirón que simulaba
la apertura del paracaídas y que incrustaba el casco en la cabeza. Como
reconocimiento a nuestro espíritu militar, nos entregaron el carné de paracaidista
honoraria.
También lo fue, la visita que hicimos a la Escuela de
Ingenieros, ahí nos tenían preparado dentro de varias actividades, el
trasladarnos en pontones por el río Maipo desde el cuartel 2 al casino de oficiales
para ir a almorzar. En esa oportunidad uno de los pontones se dio vuelta y
varias de nuestras compañeras cayeron al rio, entre ellas las aspirantes Paula
Orellana Hudson y Perla Arangua Leible, que quedaron bajo el agua. Al ir con
tenida de combate, las botas se les llenaron de agua y la corriente las tiraba
hacia abajo, pensaron que se iban a ahogar. Tanto para el director, como para
los oficiales de la Escuela de Ingenieros y del ESAFE debe haber sido un evento
muy traumático, nos formaron, nos contaron, recontaron y pasaron la lista
varias veces, para asegurarse que estábamos todas, ya que habíamos salido en varios
pontones y no había seguridad de quienes iban en cada uno de ellos. Gracias a
Dios y a la pronta acción del personal, fue solo un susto y todas salieron
ilesas.
Al saber de esto, el personal femenino y esposas de
oficiales de la escuela, les llevaron ropa a las aspirantes que sufrieron este
accidente, que estaban completamente empapadas. Ellas se vistieron con lo que
pudieron para llegar al almuerzo, con distintas tenidas, quedando algunas
incluso con bata de levantarse y pantuflas. Al final del día y después de todo
el susto vivido, terminamos escuchando la experiencia de cada una y riéndonos
de esta vivencia extrema. Éramos todas de combate y se hizo merito al lema de
los Ingenieros “Los obstáculos son para vencerlos”.
Al término de nuestro curso, tuvimos nuestra gira de
estudios se visitaron diferentes unidades del sur de nuestro país. Como corría
el año 1978 y estábamos frente al posible conflicto bélico con Argentina, en
algunos casos fue muy triste ver cuando llegábamos a un regimiento, que estaban
saliendo los camiones con las unidades a la frontera, preparados para la guerra
y nosotras llegando a alojarnos en las mismas cuadras que ellos usaban, como se
imaginarán, calientitas con un potente olor a ácido patriótico.
Llevábamos nuestros uniformes en maletas y en cada ciudad
teníamos que plancharlo, para estar impecables para el saludo al comandante de
la unidad o para alguna formación en la plaza de la ciudad, todo esto
artesanalmente, usando nuestro ingenio y los recursos disponibles. Como algunas
veces, usamos como tabla de planchar los asientos de las sillas con toallas
para preparar el uniforme.
Lo otro que ocurrió es que cada vez que llegábamos a una
ciudad nueva, íbamos quedando con menos oficiales, porque eran llamados a
movilizarse.
Nuestra gira terminó en Valdivia, donde alojamos en el
hotel universitario que estaba en isla Teja. Fue muy divertido llegar a este
lugar, porque como era una residencia universitaria, por todas las ventanas se
veían cabezas asomadas para vernos, éramos una novedad. Según cuentan, algunos
universitarios más osados mandaban papeles con invitaciones por los balcones.
Una vez de regreso, dada la situación de esa época nos
dieron nuestras destinaciones y nuestra fecha de presentación inmediata.
Partiendo cada una a cumplir su labor en diferentes unidades de Chile.
Muchas vivencias, las que disfrutamos y llevaremos
eternamente en nuestros corazones. Siempre agradecidas de nuestro director, coronel
Fernando Grant Pimentel, de nuestro comandante de compañía, capitán Carlos
Tagle Errázuriz, a nuestros instructores (masculinos y femeninos), profesores,
suboficiales y clases de nuestra querida escuela que nos formó, como también
todo nuestro cariño al curso regular de oficiales femeninos de línea, con
quienes compartimos muchos de estos acontecimientos.
Para todas es un orgullo haber sido parte de las primeras
promociones de mujeres y pioneras en nuestro querido Ejército de Chile, el que
nos cobijó hasta nuestro retiro de la Institución.
De izquierda a derecha y de pie, la 3ra es Rosita Vergara Rodríguez.


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